Buenos Aires es la ciudad con más estadios de fútbol del mundo, con 18 (Alberto J. Armando, Alfredo Ramos, Antonio Vespucio Liberti, Arq. Ricardo Etcheverri, Claudio Fabián Tapia, Coliseo del Bajo Belgrano, Diego Armando Maradona, Enrique Sexto, Guillermo Laza, José Amalfitani, Juan Pasquale, León Kolbowski, Islas Malvinas, Nueva España, Pedro Bidegain, República de Mataderos, Roberto Larrosa y Tomás Adolfo Ducó) para sus 3.120.000 habitantes en sus 206 km². Es decir, la Ciudad cuenta con un estadio cada 173.333 habitantes y cada 11,44 km². Y si se incluyen todos los del AMBA, se superan los 50.
Sin embargo, CABA no cuenta con estadios compartidos, como sí ocurre en otras grandes ciudades futboleras, como Río de Janeiro o Milán. ¿Por qué ocurre este fenómeno? Al respecto, Vittorio Hugo Petri, referente de Táctica, laboratorio del deporte argentino, reflexiona: “Buenos Aires lleva esta relación entre estadio, territorio e identidad a un extremo casi único. Tal proliferación nace de una historia muy propia: clubes surgidos del asociacionismo barrial, hijos de inmigrantes, necesitados de conseguir un “terreno propio” en paralelo al acceso popular a la casa propia: El club, y, por ende, la cancha, aparece casi como una prolongación colectiva de la vivienda”.
En ese sentido, el informe de Táctica, que compara entre las mencionadas ciudades, explica: “En Argentina, y en particular, en las grandes ciudades, no existe siquiera una cancha con esta carga simbólica: no existe ciudad por encima de los clubes. La existencia primigenia es el propio club, el club clavado en una porción de ciudad. No existe cancha que represente a Buenos Aires en abstracto (o casi cualquier otra ciudad): es el barrio, el territorio, las canchas representan a La Boca, Núñez, Parque Patricios, Liniers, Avellaneda, Lanús, Arroyito, Quilmes o el Bosque. La frontera, los límites, el barrio, no son accesorio, no es decorado; son constitutivos, son argumento”.
La lucha de San Lorenzo por volver a Boedo es uno de los ejemplos más claros de que, en Argentina, identidad, barrio y estadio son indisociables. “Hoy jugamos ‘en casa’ es mucho más que una frase hecha, casa no es solamente protección: es soberanía. En casa se decide qué se canta, qué se pinta, qué se recuerda, quién entra, por dónde se llega, qué bandera se cuelga, qué muerto se homenajea, qué ídolo mira hecho estatua en la tribuna o al borde del campo. Compartir estadio implicaría dotar de intermitencia a esa soberanía. Y en el fútbol argentino, una identidad intermitente se vive como una identidad debilitada”, finaliza.
