Fuente: Prefectura de Sao Paulo
La Autopista João Goulart de Sao Paulo es usada diariamente por 40.000 autos y atraviesa barrios densamente poblados a lo largo de 3,4 kilómetros. Pero durante las noches y los fines de semana se cierra, los bocinazos y el smog desaparecen y toda la estructura queda librada al uso peatonal y el esparcimiento: Goulart se transforma en el Parque Minhocão.
Se estima que alrededor de 30.000 personas aprovechan este espacio todos los fines de semana, que cuenta con mobiliario urbano, baños públicos y actividades deportivas y culturales diversas, incluido un festival de cine.
En 2018, el Parque Minhocão quedó oficializado y protegido por ley, aunque entonces también se definió su futuro desmantelamiento. Ya en 2014 se había planteado la demolición, aunque luego no se avanzó. Actualmente, crece la posición de que la estructura debería conservarse y Minhocão debería convertirse en un parque público de manera permanente.
Sin embargo, todavía persisten posiciones muy fuertes de que la autopista colabora al deterioro de todo el área y debería ser demolida. En ese sentido existe un proyecto alternativo para reemplazarla por un nuevo bulevar. En principio, tendrán tiempo hasta 2029 para saldar la discusión, el horizonte temporal establecido por el Plan Maestro Estratégico para la desactivación definitiva de Goulart.
La transformación de João Goulart en Minhocão empezó no muy lejos de su construcción, en 1971. El tráfico explotó y produjo un infierno de ruido para los miles de vecinos que pasaron, de un día para el otro, a convivir con esta infraestructura. Como salida intermedia, en 1976 se determinó el cierre al tráfico a partir de la medianoche. Luego se iría ampliando ese horario hasta 2018, cuando se creó el Parque.
Esta transformación es, cuanto menos, inspiradora para ciudades como la nuestra que también conviven con el drama de las autopistas. Las imágenes de la João Goulart corriendo entre los edificios no distan mucho de las de la autopista 25 de Mayo atravesando Boedo o San Cristobal. El ruido, el hollín, las vibraciones permanentes ya han sido tema de debate en nuestra ciudad, aunque las soluciones han sido más bien pobres. La experiencia de Minhocão – en todas sus fases- abre una ventana de esperanza respecto a cambiar algo de esa realidad.
