Al lado del Cabildo se puede recorrer el Pasaje Roverano, una galería comercial con más de un siglo de historia. Pero detrás de este apellido hay un misterio que no termina en la Avenida de Mayo, sino en una bóveda sellada en el Cementerio de Chacarita.
Los Roverano eran dueños de la popular Confitería del Gas, en la esquina de Rivadavia y Esmeralda, famosa por ser de las primeras en iluminarse con gas. Fue la gran rival del Café Tortoni. Cerró en 1961 y el edificio fue demolido en 1964.
En 1878, los hermanos Ángel y Pascual Roverano levantaron un edificio junto al Cabildo. En la planta baja funcionaban estudios de abogados, arriba había viviendas. Pero con la apertura de la Avenida de Mayo, parte de la construcción fue demolida y perdió su frente original.
Los Roverano aceptaron ceder 135 m² del edificio a cambio de que se indemnizara a los inquilinos que vivían en los cuartos demolidos. El edificio se reinauguró en 1918 y el pasaje de la planta baja pasó a funcionar como galería comercial.
Desde 1880, la familia tenía un panteón en la Recoleta, pero hacia 1901 estaba saturado. Los hermanos decidieron construir un nuevo mausoleo, esta vez en el Cementerio de la Chacarita (que en aquel entonces se llamaba “Del Oeste”).
La obra del nuevo sepulcro demandó 19 años de construcción y costó un millón de pesos, el equivalente a 300 Ford A de la época. Los materiales se trajeron de Italia. Pascual murió poco después de que comenzaran los trabajos.
Ángel falleció en 1920, después de inaugurado el panteón, y no dejó descendencia. Fue el último de la familia. En su testamento ordenó que la bóveda fuera clausurada: las llaves debían quedar adentro y la puerta de bronce ser amurada con piedra negra.
Pero sus parientes en Italia desobedecieron esa voluntad. A partir de entonces empezaron a circular especulaciones en la prensa sobre el altísimo costo del mausoleo. ¿Qué escondía adentro?
La historia trascendió las fronteras argentinas: un diario de Brooklyn se hizo eco del misterio. Y un periodista de Caras y Caretas logró ingresar al sepulcro, alimentando todavía más las versiones y leyendas que rodean a la bóveda de los Roverano.
Una lujosa escalera de mármol lo condujo hasta el subsuelo donde se encontraban los seis sarcófagos de los Roverano, cada uno de ellos identificado con un medallón de cobre.
Los mosaicos de las paredes eran de oro macizo en un 90% y un 10% por otros mosaicos de colores diversos, que formaban figuras al combinarse con el brillo de las paredes. Oro puro que, con su tercio de milímetro de espesor, cubría los muros y la cúpula del sepulcro.
La Legislatura declaró al mausoleo de los Roverano como Patrimonio Cultural de la Ciudad en 2006. Aparentemente nadie investigó ni inventarió qué hay adentro. Si es que todavía queda algo.