El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires avanza con un proyecto para crear un Distrito de Inteligencia Artificial en el microcentro, con beneficios impositivos para empresas tecnológicas que se radiquen en la zona. La iniciativa busca atraer startups, centros de desarrollo y compañías dedicadas a la inteligencia artificial, en un intento por revitalizar un área que quedó con altos niveles de oficinas vacías tras la pandemia y el avance del trabajo remoto.
El plan contempla exenciones en impuestos como Ingresos Brutos, Sellos, ABL e Inmobiliario, además de líneas de crédito y programas educativos para formar talento en IA. La idea oficial es posicionar a Buenos Aires como un hub regional de innovación tecnológica y, al mismo tiempo, darle una nueva función económica a un centro urbano que durante décadas fue el corazón administrativo y financiero de la ciudad.

Pero el fenómeno no es exclusivamente porteño. En varias ciudades del mundo, la creciente demanda de capacidad de procesamiento para inteligencia artificial está acelerando la transformación de edificios de oficinas en infraestructura digital. Los centros de datos requieren grandes superficies, energía eléctrica abundante y conectividad de fibra óptica de alta capacidad: exactamente las condiciones que ofrecen muchos distritos financieros construidos durante el siglo XX.
En Estados Unidos y Europa ya se discuten reconversiones de este tipo. En ciudades como Chicago, Londres o Berlín, desarrolladores inmobiliarios analizan reutilizar torres corporativas con alta vacancia para alojar equipamiento informático destinado al procesamiento de datos y al entrenamiento de modelos de inteligencia artificial. La lógica es simple: donde antes trabajaban miles de empleados, hoy pueden operar miles de procesadores.
La idea aparece incluso en proyectos urbanos futuristas. Uno de los casos más llamativos es The Line, la ciudad lineal de 170 kilómetros proyectada por Arabia Saudita dentro del megaproyecto Neom. Presentada inicialmente como una metrópolis futurista capaz de albergar hasta nueve millones de personas en pleno desierto, el plan sufrió recortes y retrasos. En ese contexto, parte de la infraestructura proyectada podría destinarse a instalaciones tecnológicas y centros de datos, aprovechando la disponibilidad energética y la cercanía del Mar Rojo para sistemas de refrigeración.
En cierto sentido, la idea ya estaba en la cultura antes de existir en la realidad. En Alphaville, la película de Jean-Luc Godard estrenada en 1965, una ciudad futurista funciona organizada alrededor de una computadora central que administra la información y regula la vida urbana.
Sesenta años después, la escena empieza a adquirir un tono menos ficticio. En distintas ciudades del mundo, los centros urbanos que alguna vez fueron diseñados para concentrar personas empiezan a adaptarse para concentrar otra cosa: capacidad de cálculo.
Y en ese proceso aparece una pregunta incómoda para el urbanismo contemporáneo: si las ciudades del siglo XX se construyeron para los trabajadores de oficina, ¿las del siglo XXI terminarán funcionando, en parte, para las máquinas?
