En los años 50 y 60, esa manzana era una planta colosal, con un tanque vertical ocupaba casi toda la cuadra. Se trataba de un gasómetro habitado por máquinas reductoras de presión que abastecían de gas a la ciudad, rodeado por un alto paredón de ladrillos.
Vecinos antiguos recuerdan que tiraba un constante olor a gas y muchos pensaban que iba a estallar. La Municipalidad, que había recibido el terreno donado en los años 30 para una plaza, prefirió alquilarlo a Gas del Estado.
En plena dictadura, el intendente Osvaldo Cacciatore ordenó desmantelar el monstruo por razones de seguridad. En 1979 se plantaron árboles y se instalaron juegos. Así nació un espacio verde de una hectárea que marcó un antes y un después en el barrio.

Cambió tres veces de nombre. Primero fue “Plaza Campaña del Desierto”. En 1998, “Plaza Palermo Viejo”. La nomenclatura definitiva llegó en 2014, cuando la Legislatura sancionó la ley N° 5.048: “Plaza Inmigrantes de Armenia”, en homenaje a la colectividad armenia.
La placa oficial recuerda a los refugiados armenios que escaparon del genocidio (1915-1923) y se asentaron en el barrio. El nombre ya era de uso popular desde los años 90. La comunidad armenia había impulsado el cambio para visibilizar su historia en el tejido urbano.
Hoy la plaza tiene una calesita tradicional, juegos y dos ferias periódicas: de artesanos y de alimentos frescos.
Los vecinos, que en los 70 temían por una explosión, hoy temen por la pérdida de su pulmón verde. La campaña #SalvemosPlazaArmenia ya juntó cientos de firmas. La historia, otra vez, se escribe en la misma manzana.

