Cruzan la 9 de Julio debajo de la tierra y conectan con tres líneas de subte. Existen desde mitad del siglo pasado y fueron remodeladas en 2014. Su historia esconde un acto de violencia criminal, y más de una tragedia
La trama involucra al escritor maldito y millonario Raúl Barón Biza. Nacido en 1899, había heredado campos en la provincia de Córdoba. Se dice que la expresión “tirar manteca al techo” proviene de una costumbre suya cuando viajaba a París: tiraba, literalmente, manteca al techo.
En uno de esos viajes conoció a la actriz suiza Myriam Stefford, que por entonces había participado de algunas películas filmadas en los míticos estudios UFA de Berlín. Se casaron en la iglesia San Marcos de Venecia en 1930.
Después de tres años en París, la pareja se instaló en Buenos Aires. Myriam se entregó a su nueva pasión: la aviación. Él le regaló un monoplano biplaza y contrató a un instructor alemán que había combatido en la Primera Guerra Mundial.
Quería ser la primera mujer que uniera en avión las capitales de las provincias. En agosto de 1931, ella y su instructor alemán se estrellaron en un campo de San Juan. Consternado, en uno de sus campos de Alta Gracia, Barón Biza levantó un obelisco como mausoleo en su memoria.
Dos años después publicó su libro más polémico, “El derecho de matar”, prohibido por el régimen de Agustín P Justo. En 1939 se casó con Rosa Clotilde Sabattini, de 17 años. Con ella tuvo tres hijos. En 1958, Arturo Frondizi la designó Presidenta del Consejo Nacional de Educación.
Quebrado a causa de malas inversiones, en 1960 Barón Biza adquirió la concesión de la Galería Norte, que había sido construida en 1949 para facilitar el cruce peatonal de la avenida. Desde entonces estaba abandonada. Era, en sus palabras, “un refugio de pordioseros y malandras”.
Lo relató en sus memorias:
“-Haremos una alegre calle subterránea de este pasaje -dije.
-Es una cloaca. Fracasarás -me respondieron.
-Haremos la galería más hermosa y concurrida de la ciudad -insistí”.
Al final no fue ni una cosa ni la otra.
Durante algunos años, el escritor administró el pasaje: “Vendí mi Chrysler, las alhajas de mi madre e hipotequé la casa paterna heredada. Invertí hasta mi último centavo. Trabajé un año. Fue el éxito comercial mayor de la ciudad”.