Hace menos de un siglo, en lugar de la Plaza Houssay se levantaba el Hospital de Clínicas original. Ahí se conocieron dos figuras improbables: Horacio Quiroga y Vicente Batistessa, “el hombre elefante argentino”.
Quiroga, autor de Cuentos de la selva y obsesionado con la muerte en toda su obra, llegó en 1937 con cáncer terminal. El Clínicas estaba en la manzana delimitada por Córdoba, Junín, Paraguay y Uriburu, donde hoy está la plaza.
Entre pasillos y rumores, escuchó hablar de un paciente oculto en el sótano. Médicos y enfermeros lo llamaban “monstruo”. Nadie quería mirarlo. Se trataba de Vicente Batistessa, un hombre con deformaciones óseas severas.
Quiroga pidió verlo. Rompió el aislamiento médico y lo llevó a su propia habitación. Y lo que era un espectáculo de horror para otros, para él fue compañía: le leía a Poe, conversaban, se hacían mutua compañía.
Pero el escritor sabía que no tenía salida. No quería agonizar. Le confesó a Batistessa que pensaba suicidarse. Y él, su único aliado en el hospital, fue quien le consiguió el cianuro.
El 19 de febrero de 1937, Quiroga bebió el veneno en el Clínicas, acompañado por el hombre que nadie quería mirar. Murió sin resignarse al deterioro, pero con la dignidad de haber devuelto humanidad a otro condenado.
Algunas versiones afirman que Batistessa se quedó cuidando plantas y leyendo cuentos a los enfermos terminales. Solía vérselo, según dicen, en los alrededores de la parroquia de San Lucas, entonces ubicada en los jardines del Hospital.